martes, 25 de septiembre de 2018

Lectura crítica: “De la mano”

La mezcla de géneros literarios es algo que está en alza en el mundo editorial. Cada vez hay más libros en los que el componente autobiográfico es predominante, cosa que no sé si achacar a la falta de imaginación de algunos autores o a su afán de exhibicionismo debido a egos muy superiores a lo normal. A medida que el siglo XXI avanza es más complicado encontrar narrativa y ficción de calidad donde la imaginación del autor esté por encima de cualquier otro aspecto en la narración. Es verdad que toda novela, todo libro tiene gran parte de su autor plasmado en sus páginas; de hecho la escritura es eso: plasmar con tus palabras todo aquello que llevas dentro y que quieres contar a terceras personas desconocidas para que viajen contigo a otra realidad. Pero últimamente la autoficción está más de moda que nunca. Hoy me toca hablar de un libro que tiene mucho de su autora, pero que yo encuadraría más en el género del ensayo novelado en el que las vivencias personales se pasan por un caleidoscopio para disimularlas.

De la mano” es un libro escrito por Christie Watson, una enfermera británica que hace unos años dio el salto desde las diferentes salas de un hospital al mundo editorial, en el que narra sus más de 20 años al servicio y cuidado de los enfermos británicos como enfermera en el sistema Británico de Saludo (NHS por sus siglas en inglés). Estas experiencias vitales y profesionales, como bien dice la autora al principio del libro están lo suficientemente maquilladas y quirúrgicamente difuminadas como para que nada sea real y al mismo tiempo todo lo sea, de tal manera que nadie pueda verse comprometido.

Christie Watson empieza “De la mano” como no podía ser de otra manera: hablando de cómo tomó la decisión de ser enfermera. Y quizá es por esto por lo que creo que este libro está especialmente indicado a las personas que quieren empezar el camino de ayuda y apoyo a los demás en un hospital. En las páginas de este libro, sin embargo, no se dice nada de cómo ser enfermero en el plano técnico, sino cómo debe ser un enfermero en planos que realmente son los importantes dentro de las frías y asépticas salas y habitaciones de un hospital o de una clínica donde la enfermedad y la apatía reinan.

Con un estilo sencillo, como si fuera una amiga de toda la vida, del colegio, a quien reencontramos en una cena, la autora va narrando en “De la mano” cómo fue su paso por las diferentes especialidades de la enfermería y casos que a ella la marcaron y que, por la naturalidad y humanidad con la que están contados, emocionan con rapidez al lector. No son pocos los momentos en los que Christie Watson ha hecho asomar una lagrimilla en mis ojos o me ha hecho un nudo en la garganta y en el estómago con los casos que expone en el libro, pero de eso se trata: de que un libro emociones sea cual sea el medio.

La enfermería es una de esas profesiones que suele estar a la sombra pero sin la cual no podríamos vivir, o vivir sería mucho más difícil y duro. En “De la mano” uno se da cuenta de que el sistema sanitario de cualquier país no se basa en los buenos médicos o en los grandes investigadores que hacen que la medicina avance, sino en los buenos profesionales de la enfermería que hacen que el paso de los pacientes por un hospital, sea cual sea su estado, sea más digno y humano. Sin los enfermeros los pacientes no se recuperarían tan pronto y los hospitales serían lugares mucho menos amables de lo que de por sí son.

Cuando he terminado de leer “De la mano” me he dado cuenta de la cantidad de emociones que un enfermero debe experimentar, aguantar, contener y digerir durante su trabajo. Un enfermero ve morir ancianos, mujeres, hombres y niños. Son esos niños los que sin duda marcan este libro ya que son ellos, tan indefensos siempre, tan inocentes, tan poco vividos, tan tiernos, los que nos hacen ver que la vida no es más que una sucesión de eventos y que está llena de muerte a nuestro alrededor, porque en el fondo vivir no es más que la principal causa de muerte en el mundo. Por eso ahora pienso que los enfermeros son personas con un corazón enorme, cuyo sueldo nunca es suficiente para el bien que suelen hacer (siempre hay excepciones claro).

Sin embargo, hay algo en “De la mano” que me sobra y es que habla mucho del sistema de salud británico. Christie Watson no solo plasma en papel su vida como enfermera sino que ataca duramente a los diferentes gobiernos británicos, en especial al actual, por su dejadez hacia la sanidad pública, haciendo que el sistema continuamente se vaya degradando por falta de medios, personal y mantenimiento. Además hay muchas referencias a que al lector de fuera del Reino Unido le van a sobrar o al menos a sonar a chino ya que obviamente no estamos metidos en la cultura británica ni puestos al día de lo que allí pasa y está de moda o no. Es la única pega que le puedo poner al libro.

Para acabar solo me falta decir que sin ser una novela o un ensayo propiamente dicho, “De la mano” es un libro conmovedor que me ha abierto los ojos con respecto a una profesión generalmente menospreciada por la sociedad pero sin la cual seríamos menos humanos muchas veces. Quien quiera estudiar enfermería y dedicarse al cuidado de los demás debería leer sus páginas, y quien ya ejerce la enfermería es probable que si lo leer se vea reconocido en muchas situaciones del día a día. Para el resto de mortales leer este libro implicará mirar con otros ojos a esas personas, mujeres y hombres, que hacen que la “vida” en un hospital sea mejor.

Caronte.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Lectura crítica: "Territorio comanche"


La reseña de hoy tendría que haberla hecho hace unos cuantos meses, quizá por abril. El libro que durante el día de ayer devoré como si no hubiera mañana tendría que haberlo disfrutado hace tiempo y me debería recordar además la presencia en mi vida de una persona, un amigo. Sin embargo, este libro en lugar de recordarme una presencia me ha recordado una ausencia. Alguien debería haberme regalado este libro en lugar de haberlo comprado yo de segunda mano por tres euros en una librería recién descubierta tras una larga espera y una ardua caza del mismo ejemplar. Pero es lo que tiene el destino, la vida, las personas… Lo que pensamos que podría y quizá debería ser, casi nunca termina siendo. Lo único que no creo que no hubiera cambiado si la lectura hubiera tenido lugar en abril son las buenas sensaciones y lo mucho que he disfrutado de este libro durante las apenas dos horas de lecturas que me llevó acabarlo quedando totalmente agradecido a Pérez-Reverte por haberlo escrito hace 25 años.

Llevaba tiempo queriendo leer “Territorio comanche”, prácticamente desde que leí hace un par de años la magistral novela “El pintor de batallas”, también de Arturo Pérez-Reverte. Por hache o por be, o simplemente porque me parece un poco robo pagar por un libro de apenas 130 páginas los ocho o nueve euros que cuesta en formato bolsillo, he ido retrasando su lectura hasta ahora. Retraso aún más largo debido a la ausencia de una persona desde hace unos meses en mi vida. Por suerte, la semana pasada di con esta novela y ayer la leí de principio a fin disfrutándola como llevaba tiempo sin disfrutar de una lectura.

En esta pequeña e intensa novela Pérez-Reverte nos presenta a un par de compañeros periodistas, un reportero y su cámara, trabajando en la Guerra de los Balcanes. Estamos en los años noventa, mediados, y los nombres de lugares que aparecen en la novela son todos reales, existen, pueden ser pisados. Los nombres de los protagonistas son inventados pero seguro que detrás tienen dos esqueletos reales, dos voces roncas quizá, dos mentes ágiles aún, dos espíritus sobreexpuestos a la vida probablemente. Y sin embargo “Territorio comanche” no es una novela de guerra al uso.

La manera en que “Territorio comanche” está narrada hace que el hilo principal de la novela quede en un total y absoluto segundo plano. Las anécdotas, reales o no (solo Pérez-Reverte lo sabrá, aunque por el tono que en el libro se usa me da que hay más de verdad que lo que una novela al uso tendría), hacen que seguir lo que la pareja de periodistas buscan y pretenden contar sea simplemente una excusa para hacer ver al espectador lo que es una guerra de verdad y lo que era el oficio de periodismo.

Guerra y periodismo se dan la mano en “Territorio comanche”. No hay que olvidar que Pérez-Reverte fue corresponsal de guerra de TVE en multitud de conflictos armados, entre ellos el de los Balcanes, su último destino de hecho. Obviamente sabiendo esto de Pérez-Reverte es inmediato pensar que esta novela es más que una simple narración con altas dosis de ficción. Los recuerdos que los protagonistas evocan traen al lector nombre reales, de periodistas conocidos por todos, corresponsales internacionales de gran prestigio. Además las anécdotas no se ciñen únicamente a escenas de guerra en los Balcanes sino en otros muchos escenarios, y no solo a escaramuzas sino también a la vida cotidiana de los periodistas, a cómo es la vida de un corresponsal de guerra, en los hoteles, en los coches, en los aeropuertos.

Quienes seguimos a Pérez-Reverte y conocemos un poco su trayectoria sabemos cómo es, cuán mordaz es su sentido del humor, cuán irónico es hablando en muchas ocasiones y cómo de sincero puede llegar a ser. En “Territorio comanche” y aunque pretenda ser un novelista más no lo es. En cada frase, en cada comentario puesto en boca de alguno de los personajes, en cada recuerdo está detrás la voz inconfundible de Pérez-Reverte. Quizá esta sea su novela menos novela y se acerque más a una memorias camufladas de ficción para no terminar de herir sentimientos. De hecho hasta él mismo es parodiado y vilipendiado en una frase demoledora en la que se califica a sí mismo de fulano.

A diferencia de “El pintor de batallas”, “Territorio comanche” es una novela mucho más cruda en la que la guerra en todas sus facetas y puntos de vista es la protagonista, o mejor dicho, es el ser humano, el hombre, el que a través de su brutalismo y desgarro protagonizan la novela. No ha moralismo en este libro. Pérez-Reverte no pretende dar una lección sobre cómo es y cómo debería ser el hombre, y además está muy lejos de hacerlo. En las páginas de esta novela simplemente hay descripción de hechos tal y como son entre bombas, polvo y escombros, y es el lector el que debe de sacar las conclusiones, sobre todo en esos pasajes en los que uno debe apartar la vista de la novela para digerir lo que ha leído.

Quizá “Territorio comanche” sea la novela de Pérez-Reverte que más me haya gustado y más me haya entretenido a pesar de su absoluta crudeza. También creo que este libro es perfecto para meterse en la obra de Reverte y no sólo para ello, ya que también es el medio perfecto de conocer cómo es este escritor tan polémico a veces por decir las cosas como las piensa sin tener que dar explicaciones a nadie. Quizá todos los críticos del cartagenero deberían leer más sus novelas para darse cuenta de que lo que Pérez-Reverte ha visto el común de los mortales no lo vamos a ver y que lo que dice lo hace sin pensar en el qué dirán que tantas veces impera en nuestra, cada vez más, mojigata sociedad. No me queda más que decir que a pesar de la ausencia que esta novela a nivel personal me ha recordado es una gran obra literaria. Pasen y lean.

Caronte.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Lectura crítica: "Retorno a Brideshead"


Quien me conoce sabe que no solo soy un apasionado de la lectura, la literatura y los libros, sino que también soy un gran amante de la cultura e historia británicas, para lo bueno y para lo malo. Desde que hace ya doce años, allá por el 2006 cuando yo contaba con unos bien lozanos 15 años, viajé por primera vez al extranjero, concretamente a Londres, quedé totalmente prendado por esa inmensa e inabarcable ciudad de ciudades y todo lo que representaba: cosmopolitismo, modernidad, tradición, pompa, circunstancia… Y con ello amo también su literatura, probablemente la cuna de la novela moderna, con autores de la talla de Dickens, Austen, Bronte, Greene, Le Carré y tantos otros. Y hoy me toca hablar de una de esas grandes novelas que han fijado en el subconsciente de los grandes lectores el concepto de clase inglesa, de flema británica, de clasismo inglés; vamos una novela 100% british en la que cuenta más la ambientación que la trama, al menos desde mi punto de vista, pero que me ha resultado de lo más enriquecedora.

Cuando uno empieza a leer y se va poco a poco empapando de literatura en mayúsculas llega el momento en el que empieza a buscar lecturas, a bucear por la red, a relacionar autores y novelas. Gracias a esto uno va guardando en su archivo mental de libros y autores títulos y nombres. Uno de esos nombres que tenía en la cabeza era el de Evelyn Waugh (puede parecer el nombre de una mujer, pero es un hombre; del apellido mejor no hablar porque es impronunciable) y la novela “Retorno a Brideshead”.

Waugh es probablemente uno de los autores ingleses más respetados del siglo XX y su estilo uno de los más limpios y puros. “Retorno a Brideshead” es quizá su novela más famosa por las dos grandes adaptaciones a la gran pantalla (la serie de 1981 y la película de 2008). Pero esta novela no es solo una de las más importantes de Waugh, sino quizá también de la literatura inglesa ya que es un retrato fiel aunque irónico y mordaz de la época de transición entre las dos Guerras Mundiales que desdibujó el estilo de vida y la forma de concebir la sociedad que imperaba en el mundo y especialmente en la muy clasista y estricta sociedad británica.

Retorno a Brideshead” es por tanto una novela sobre la alta sociedad británica, con sus casas de campo, sus jóvenes adinerados, sus fiestas de alta sociedad, sus nannys, sus mayordomos, los patios de Oxford con sus estudiantes de etiqueta vestidos, sus mansiones londinenses, sus dobles varas de medir, su fe, su idiosincrasia. Waugh retrata con una ironía finísima y con un sentido del humor totalmente británico el mundo cerrado de las clases altas británicas, de las grandes familias y los grandes apellidos, al mismo tiempo que hace una crítica feroz a ese estilo de vida que lastró durante generaciones a todo un país por estar anclado a unos usos y costumbres reticentes a ser cambiados y a cambiar con el curso de los tiempos y que solo lo hicieron cuando la tragedia se cernió sobre todos y todos fueron igualados por la guerra.

Como su propio nombre indica la trama de “Retorno a Brideshead” gira en torno a la vuelta a una mansión como militar durante la IIGM de Charles Ryder y la evocación de su pasado en esa casa primero como amigo (o quizá más que amigo) del hijo de los dueños, Sebastian, y luego como amante de la hija, Julia. El Castillo de Brideshead actúa como centro neurálgico de la trama, allí es donde ocurren las escenas más interesantes de la novela y allí es donde el recuerdo por una era a punto de caducar resucita en la mente de Charles.

Varios temas son los que Evelyn Waugh trata a lo largo de las páginas de “Retorno a Brideshead” pero quizá uno llame la atención por encima de todos: la religión. Como pasa en muchos escritores ingleses, entre ellos uno de mis preferidos como es Graham Greene, el tema de la fe y la religión está muy presente en la literatura inglesa debido fundamentalmente a esa dualidad existente entre católicos y protestantes en el mundo anglosajón. En la novela esta gran contraposición se ve reflejada por la fe inquebrantable de Lady Marchmain, cabeza visible de Brideshead, una católica redomada y fanática, y el protagonista y narrador de la historia Charles, criado en la fe anglicana pero de un agnosticismo también casi fanático. Las conversaciones que se dan entre la familia Flyte, dueños de Brideshead, y Charles son de lo mejor de la novela, y están cargadas de profundidad

Otro de los temas principales de “Retorno a Brideshead” es la íntima relación que se establece entre el menor de los varones de la familia Flyte, Sebastian, y Charles. Mucho se ha especulado sobre el sentido de esta amistad tan íntima y mucho se ha hablado sobre el origen homosexual de la misma. Desde mi punto de vista no hay duda de que hay una componente homosexual en la misma, pero de manera muy sutil. Por otro lado en Sebastian también se da otro de los grandes temas ingleses como es la bebida o el alcohol. Pero ante todo la actitud de Sebastian en la novela transmite la decadencia de una clase social aristocrática tocada de muerte tras la IGM cuya juventud se siente perdida y sin posibilidad de futuro ante un mundo en continuo y vertiginoso cambio que lo único que pretende es llamar la atención ante la imposibilidad de encontrar un camino que seguir.

Evelyn Waugh con un estilo cuidado y elaborado, pero sin excesivas florituras, consigue que “Retorno a Brideshead” sin ser una novela absorbente es una gran obra literaria en la que el lector es capaz de introducirse en una época de cambios bruscos y rápidos en una sociedad tradicionalmente conservadora a la que los cambios le gustan poco o nada. Esa melancolía por el pasado, junto con una ironía finísima encarnada en los patriarcas de la novela Lord Marchmain y el padre de Charles Ryder, y la mordaz y dura crítica de una sociedad decadente hacen de esta novela una obra imprescindible en cualquier biblioteca.

Para mí “Retorno a Brideshead” ha sido un gran descubrimiento, no solo por la propia novela en sí, sino también por haberme dado a conocer a Evelyn Waugh, un escritor al que probablemente vuelva a leer, no sé si me atreveré a hacerlo en inglés, ya que por temas me ha recordado mucho a Graham Greene y por forma de escribir también, ya que ambos escritores tienen ese gusto por la frase bien hecha que se agradece al leer. Además al ser una novela 100% british como dije al principio no ha hecho más que recordarme por qué me atrae tanto el mundo británico. Por cierto, los amantes de Dowton Abbey encontrarán esta novela de lo más familiar ya que hay muchos puntos en común y muchos ambientes parecidos.

Caronte.

viernes, 31 de agosto de 2018

Lectura crítica: "Momentos estelares de la Humanidad"


La pasada Feria del Libro de Madrid mis padres me dijeron que eligiera un libro para que me lo regalaran. Al principio no supe qué contestar. El simple hecho de que me dijeran que eligiera un libro ya de por sí es un dilema sin solución fácil para mi atribulada cabeza lectora. Durante casi la totalidad del recorrido del Paseo de Coches estuve dándole vueltas al libro que les diría que me compraran. Pasaba por las casetas de las editoriales que tengo en la cabeza como más pendientes por leer y rebuscaba entre sus títulos expuestos. Toqué y manoseé varios libros, leyendo sus títulos y sus sinopsis, pero no lograba terminar de decidirme por ninguno. Al final apareció la caseta de Acantilado, una editorial sobria que publica autores a veces olvidados para el gran público y cuyos libros tienen un diseño que sin ser espectacular me transmite seriedad y seguridad. En ese momento se encendió una bombilla en mi cabeza y supe sin duda alguna qué libro quería que mis padres me regalaran; un libro que además llevaba varios años queriendo leer.

Stefan Zweig es desde que di con él hace ya unos años uno de los escritores que más me han marcado, no por sus libros, que a veces me han parecido un tanto aburridos, sino por su forma de narrar tan delicada y limpia. Sin embargo, “Momentos estelares de la Humanidad” no es una novela sino un ensayo, o mejor dicho un conjunto de ensayos sobre, como el propio nombre indica, diferentes momentos que Zweig ha considerado importantes o decisivos para la historia de la humanidad que abarcan desde la muerte de Cicerón hasta la fatal decisión que el presidente americano Wilson tomó al ceder en la Conferencia de paz de Versalles después de la Gran Guerra.

Momentos estelares de la Humanidad” aunque puede parecer un libro de historia no lo es, ya que a diferencia de “El mundo de ayer” también de Zweig en esta ocasión, el escritor austriaco se apoya más en la narrativa para contar esos episodios estelares como él los llama. Es cierto que en todas las narraciones no hay más que hechos verídicos y contrastables y que todo lo que se narra en el fondo ocurrió así y así es como nos lo cuenta la propia historia que se enseña en colegios, institutos y universidades. Pero aquí es donde aparece el genial escritor austriaco para darle una vuelta de tuerca más y mostrar esos mismos episodios como si de pequeñas novelas o relatos se trataran.

Ahí es donde reside el gran atractivo de “Momentos estelares de la Humanidad”, en que sin dejar de ser serio, Zweig nos muestra episodios de la historia que complementan lo que sabemos de ella de manera habitual. Así, en este libro no sólo se narran episodios relevantes como la caída de Bizancio a mano del Imperio Otomano o el descubrimiento del Océano Pacífico o el desastre de la Paz de Versalles, sino también otros episodios mucho menos pomposos pero con una importancia también muy relevante: la llegada del segundo hombre al Polo Norte, la primera transmisión trasatlántica de radio, la salvación de Dostoievsky de la horca… Y a todos esos momentos, quizá menos estelares a ojos de cualquier lerdo como yo, Zweig les da tan importancia y los narra con tal cariño que tras leerlos he quedado totalmente prendado de ellos y he buscado incluso sobre ellos para saber más.

Zweig fue y, a pesar de que no está bien reconocido aún a día de hoy, sigue siendo uno de los mejores escritores que ha dado la historia y Europa. Con “Momentos estelares de la Humanidad” me ha mostrado una vez más que su compromiso con el humanismo y la humanidad fue enorme y quizá el ver que el mundo que él tanto amaba se iba indefectiblemente al garete simplemente porque los hombres que lo gobernaban pensaban única y exclusivamente en su propio beneficio y a muy corto plazo, quizá eso hizo que le perdiéramos cuando quizá aun tenía mucho que escribir y dar a la humanidad.

He de resaltar también en este caso algo que no suelo hacer en las novelas de autores extranjero, cosa que está muy mal por mi parte, y es la traducción de Berta Vias Mahou. Creo que el trabajo de traducción en “Momentos estelares de la Humanidad” ha sido fundamental para que este libro me haya parecido tan bien escrito y me haya resultado tan fácil, cómodo y bonito de leer. No sé cómo será la versión original de este libro, pero estoy seguro que en la traducción al español no se ha perdido en este caso ningún matiz, porque el lirismo, la simpleza, la profundidad de reflexiones, la melancolía incluso, que la narración de los diferentes episodios transmite es increíble y hace que el libro se convierta no solo en una aventura del saber sino en una delicia.

Poco más me puedo explayar sobre un libro como “Momentos estelares de la Humanidad” en el que poco argumento hay que explicar, o pocos personajes desgranar. Solo me quedaría decir que la lectura de este libro de Zweig se me ha hecho ligera y muy entretenida, no como suele serlo una novela, pero sí bastante más que lo que suelen parecerme los ensayos normales y habituales. La capacidad de Zweig para transmitir entusiasmo por algo que la historia ha ido ocultando por sus pliegues es soberbia y eso se nota en cómo está escrito el libro. Además poco más se puede pedir a un libro que no solo entretiene sino que además hace que el lector aprenda y le despierte la curiosidad por saber más de esos pequeños retazos de episodios que en esta obra nos ha presentado. Solo quiero terminar diciendo que el último de los relatos, el que corresponde al Presidente Wilson es un canto al humanismo y la paz lleno de melancolía y tristeza, pero sin duda es el mejor de todos ellos.

Caronte.

viernes, 24 de agosto de 2018

Lectura crítica: "4 3 2 1"


Cuando me enteré que Paul Auster volvía a la ficción e iba a sacar libro el pasado otoño el corazón me dio un vuelco. Soy un fan absoluto de Auster desde que hace ya muchos años leyera su “Trilogía de Nueva York”, justo cuando le otorgaron el Príncipe de Asturias. Desde ese mismo instante me dije que este neoyorkino (aunque es de Newark, Nueva Jersey) iba ser uno de mis grandes y más apreciados escritores. Así ha sido. Tras terminar de leer esta novela de la que hoy me toca hablar, ya me he leído toda su obra de ficción; solo me faltaría por leer los libros autobiográficos que también ha ido escribiendo e intercalando en su obra literaria. Sirva esto de aviso a quien lea esta crítica para que tenga en cuenta que no soy objetivo con Auster (aunque voy a intentar ser lo más ecuánime posible ante este libro), no puedo serlo porque está entre mis diez autores favoritos en general, y entre mis cinco escritores extranjeros más leídos.

4 3 2 1” es sin lugar a dudas la mayor obra literaria de Paul Auster. Puede que esta afirmación quede un poco superlativa y quizá pretenciosa pero sinceramente es lo que pienso después de haberme leído todos sus libros anteriores y tras haber devorado las casi mil páginas de esta novela. La extensión (la mayor de cualquiera de las novelas de Auster) y complejidad argumental y narrativa, explican por sí solas los siete años que Auster llevaba sin publicar ninguna novela. En cada una de las páginas de este libro se ve el duro y arduo trabajo que hay detrás, las horas que Auster debió dedicar a ir hilvanando lo que una vez completado ha resultado ser un gran tapiz sobre la historia típica americana de los años 50 y 60 del pasado siglo.

El argumento de “4 3 2 1” es bastante sencillo, y quizá ahí esté también su complejidad. Y es que en las casi mil páginas de esta novela Paul Auster nos presente a un protagonistas, Archie Ferguson, desdoblado 4 veces en otras tantas vidas diferentes con sus desarrollos independientes pero con un denominador común siempre, bueno dos, Newark y Nueva York, dos ciudades que por otra parte siempre están presentes en su obra y que, en el caso de Nueva York, forman un mundo intrínseco propio a la obra de Auster. ¿Es entonces esta novela un conjunto de 4 relatos diferentes? Rotundamente no. Esta novela es un complejo concierto armónico en el que las distintas voces comparten ecos comunes que hacen que el lector comunique unas con otras.

La capacidad de Auster en “4 3 2 1” para novelar una vida común y corriente de cuatro maneras diferentes pero sin cambiar en el fondo gran cosa en cas una es sorprendente y por ello este libro tiene un gran valor literario. Es obvio que Auster reflexiona sobre las distintas personas que podemos llegar a ser según las decisiones que tomamos, pero yo difiero de muchos críticos en este aspecto, ya que para mí esta novela no implica que seamos diferentes con cada decisión que nos afecta, la tomemos nosotros directamente o venga dictada por el destino. Para mí esta novela es una profunda y compleja reflexión sobre nuestra inmutabilidad sustancial; es decir, Archie Ferguson en las 4 historias es el mismo, con los mismos padres, los mismos abuelos y el mismo círculo vital, y no sólo eso sino que siente las mismas atracciones en las 4 historias (menos en una que acaba antes de lo esperado) y por tanto las decisiones y circunstancias diferentes que vive no le cambian sino que le complementan.

Junto con esta duplicidad de vidas y la reflexión sobre las decisiones que nos van condicionando la existencia “4 3 2 1” es también un gran fresco conjunto de la historia convulsa de los EE.UU. durante las décadas de los 50 y 60 del año pasado, principalmente de los 60. Desde la posguerra mundial a Vietnam, desde Lindon B. Johnson a Nixon y de la lucha de clases a la racial. La convulsa historia americana de los años 60 queda perfectamente reflejada en las 4 vidas que vive Archie Ferguson en esta novela. Por ello Auster no sólo consigue crear una obra literaria de primer orden, escrita de manera minuciosa y meticulosa, sino que da casi una clase magistral de historia sobre dos décadas que cambiaron los EE.UU.

Parece que todo lo que tengo que decir de “4 3 2 1” es bueno pero no es así. Voy a intentar ser lo más objetivo posible. Y es que a pesar de que considero que esta novela de Auster forma parte desde el primer minuto desde su publicación del conjunto de obras llamado “la gran novela americana”, título más que merecido desde mi punto de vista, no es ni de lejos la mejor novela de Auster. ¿Paradoja? ¿Contradiccion? Puede serlo pero me parece que no lo es. Lo explico. La obra literaria de Auster es muy peculiar, y pocos escritores han logrado crear libros que sean pura magia como él; sin embargo, esta novela deja atrás todo eso para ser muy realista en cada una de sus 4 vidas dispares. Mientras que en el resto de sus libros Auster despliega una imaginación desbordante, y muestra la realidad de manera muy peculiar y particular, como solo él sabe hacerlo, en esta obra se pasa al lado del realismo para ofrecer esta gran novela.

4 3 2 1” es probablemente lo más grande que Paul Auster ha escrito nunca y que probablemente vaya a escribir, pero al mismo tiempo y sin desmerecer lo que acabo de decir, no es su mujer novela. ¿Es mala esta novela? Para nada, de hecho repito que considero que estamos ante una de las grandes novelas americanas de este siglo. Pero tal como digo esto, también puedo afirmar que dentro de lo que es Paul Auster y su obra narrativa literaria esta novela no es ni de lejos lo mejor que ha escrito. Es por así decir, como si otro Paul Auster, ya más maduro y asentado en esa etapa final que viven los escritores hubiera suplantado al Auster de siempre para dar al mundo una novela enorme pero que nado, o muy poco, tiene que ver con sus obras anteriores.

Por concluir solo me falta decir que “4 3 2 1” no es la obra paradigmática de Paul Auster por lo que si alguien quiere descubrir a este grandísimo escritor no le recomendaría que comenzara por este libro. Sin embargo, para los que llevamos muchos años y muchos libros leyendo a Auster, esta novela nos confirma que es neoyorquino de adopción sigue siendo el mismo de siempre pero adaptado a una edad en la que todo escritor quiere dejar una gran obra a sus espaldas. En el caso de Paul Auster estoy seguro que este libro se convertirá en esa gran obra literaria para dejar a las generaciones futuras. No sé si habrá más novelas de mi admirado Auster en el futuro, en cualquier caso he vuelto a disfrutar de su forma de narrar y con eso me vale.

Caronte.

miércoles, 18 de julio de 2018

Lectura crítica: “The spy who came in from the cold”


Hasta la fecha solo ha habido un par de libros que me haya releído y ambos han sido de Harry Potter allá por la época en que era un joven imberbe y lleno de ilusión por todo que esperaba con ansias el estreno cada año de las películas sobre los libros. No ha habido más relecturas desde ese momento. No me considero un lector que pueda permitirse el lujo de volver a leer un libro teniendo tantos libros pendientes en la recámara. Sin embargo, este año durante mis vacaciones me propuse volver a leer una de esas novelas que en su día creo que no valoré como debería haber hecho. Y así hice: en la maleta que me llevé a Fuerteventura hace apenas quince días metí dos libros que ya había leído hacía unos años. De uno de esos libros ya hablé en el blog hace un tiempo del otro pienso hacerlo hoy. Tras esta relectura tengo claro dos cosas: que un libro bueno gana con lecturas sucesivas y que voy a empezar a plantearme el volver a leer algunos libros que en su día me marcaron.

Creo que ya va siendo hora de que confirme que mi escritor favorito es John Le Carré y que siempre le tengo en el punto de mira ya sea deseando que saque algún libro nuevo, cosa que ya por desgracia y debido a su edad poco va a suceder ya, ya sea porque quiero leer algún libro suyo que no haya leído. Esta vez he vuelvo a Le Carré porque tenía ganas de releer “The spy who came in from the cold”, quizá la novela que puso a este inglés de Cornualles en el mapa literario mundial aupándolo a las alturas, al Olimpo de la literatura. Sin ser su primera novela, este fue el libro que le dio fama mundial y que le hizo poder abandonar su puesto de funcionario en el Servicio de Inteligencia Británico para dedicarse a darnos a sus admiradores decenas de obras magníficas con las que soñar ser otras personas.

The spy who came in from the cold” quizá sea la novela de espías perfecta, de principio a fin. La novela arranca en Berlín, en la frontera entre las dos Alemanias, en el Muro, en uno de sus pasos fronterizos. Se está produciendo una espera tensa, Alec Leamas, espía británico está esperando que llegue uno de sus agentes, que salga por fin de Berlín oriental. Pero la espera se alarga, algo va mal. Algo se tuerce. El agente aparece a lo lejos, entre las sombras. No logra llegar al otro lado del Muro. Leamas vuelve a Londres derrotado. Ahí empieza el frío, la hibernación de este agente. Ahí empieza a tejerse una operación que debe acabar con una de las grandes cabezas de la inteligencia de la Alemania comunista.

A partir de este momento “The spy who came in from the cold” se vuelve una novela condenadamente frenética, con un ritmo endiablado que lleva al lector de salto en salto, de sorpresa en sorpresa, sin dejarle respirar, sin ganas de abandonar la lectura de la novela para comer, dormir, o ir al servicio a hacer sus necesidades. Hasta que llega el final, ese final que deja la boca seca, las manos temblorosas y al lector incrédulo por ver la escena que se acaba de desarrollar ante sus ojos y dentro de su mente sin haber podido hacer nada por evitarla.

La primera vez que leí “The spy who came in from the cold” quedé con la escena final grabada a fuego en mi memoria, pero no recordaba mucho más, salvo un viejo y gris aeropuerto berlinés y el tétrico Muro. De esa primera vez también recuerdo a Alec Leamas, ese cínico idealista desfasado inglés, espía de convicción que urde junto a los grandes nombres del Circus, Control, Smiley (aquí aparece ya el que será a la postre el gran personaje de Le Carré y uno de los más resaltables personajes de la literatura inglesa del siglo XX), Peter Guilliam… Ahora sin embargo, en esta segunda lectura me he dado cuenta de que esta novela entrañaba mucho más y en ella John Le Carré retrataba un mundo en plena descomposición de ideales y valores, tanto sociales como personales. También es cierto que aquella primera vez era un lector novel, un pipiolo admirador de Le Carré no preparado para admirar en toda su amplitud esta novela.

Para mi “The spy who came in from the cold” es quizá, después de esta relectura, la mejor de las novelas de John Le Carré. No hay un solo segundo de tregua en la trama. Tiene un argumento tan bien urdido y tejido que el lector no se da cuenta de nada hasta que llega el final y queda con la boca abierta no sabiendo muy bien en qué momento todo se torció, o en qué momento quedó engañado por los dobles y triples juegos de los diferentes personajes. El ambiente de la novela, los escenarios de la misma, todos sutiles pero al mismo tiempo tan importantes, hacen también de esta novela una novela de sensaciones, muy fotográfica y cinematográfica. Todo detalle aunque parezca nimio tiene su impronta en la trama dándola esos toques grises que acentúan el doble juego de sus personajes.

Con la relectura de “The spy who came in from the cold” he podido comprobar cómo Le Carré domina a la perfección el análisis psicológico de los personajes. El escritor inglés es un maestro de los diálogos y en esta novela lo demuestra haciendo que éstos sean fundamentales, ya que toda la acción prácticamente se desarrolla gracias a diálogos entre personajes. Los diálogos son fundamentales para entender el mundo que hemos dejado atrás, la época de la Guerra Fría especialmente; uno de ellos, el que se desarrolla en el juicio que tiene lugar hacia el último tercio de la novela, es probablemente la mayor clase magistral de historia del espionaje durante la Guerra Fría, cómo convicciones e ideales se supeditan a un bien mayor como era el Estado en la Alemania Democrática. En estas aguas tan grises y turbias Le Carré se mueve como nadie ha hecho y como nadie va a poder hacer.

The spy who came in from the cold” es esa clase de novelas que llevan al lector a querer ser partícipe de la historia ya sea de una manera o de otra. El personaje de Alec Leamas es muy atractivo por todas las contradicciones que acumula, el ambiente del otro lado del Telón de Acero es sumamente interesante y algunos diálogos dejan al lector tan estupefacto que es necesario volver a leerlos para aceptarlos tal como son. En definitiva esta novela es el perfecto thriller de espías, la novela perfecta de espionaje, ese libro que puedes leer en bucle sin aburrirte y siempre descubriendo matices que en lecturas anteriores se pasaron por alto. No será la mejor novela de la segunda mitad del siglo XX, pero es una obra maestra de su género. Sinceramente si alguien quiere entrar en el mundo Le Carré debería empezar por esta novela, aunque se corre el riesgo que después nada parezca semejante.

Caronte.

martes, 3 de julio de 2018

Lectura crítica: "Colinas que arden, lagos de fuego"

No ha sido premeditado pero al final me ha venido casi como anillo al dedo. No hay mejor manera que afrontar un periodo vacacional soñando con un viaje. En apenas un par de días iré de nuevo al aeropuerto para coger un avión que me llevará hasta las Islas Canarias para pasar allí unos merecidos y, por qué no decirlo, también anhelados días de vacaciones. Voy a la playa a desconectar y olvidarme de todo lo bueno y lo malo que tengo en la cabeza. Y me voy con las ganas que cualquier viajero tiene al emprender cualquier aventura lejos del hogar. Ha querido el azar, aunque mi mano también tiene mucho que decir en esto, que haya sido un libro de Javier Reverte, el gran escritor de viajes español, el que me haya acompañado en los días previos a este viaje. Obviamente Canarias no es el África que Reverte muestra en las hojas de este nuevo libro suyo que leo, pero en sus páginas si he encontrado las ganas que siempre hay que tener para seguir ideando y soñando viajes futuros.

Quien me conoce y sigue el blog sabe que Javier Reverte es uno de mis escritores de cabecera, al que recurro de vez en cuando sobre todo cuando me siento un poco perdido en relación a qué leer. No suele defraudarme tampoco ya que desde aquel primer libro suyo que leí hace ya unos cuantos años no ha habido libro de viajes suyo (ni novela tampoco, aunque estas han sido las menos) que me haya decepcionado. “Colinas que arden, lagos de fuego” no iba a ser una excepción. No lo ha sido. Tampoco lo hubiera podido ser por nada del mundo tratándose de un libro más sobre África: ese continente incrustado en el alma de Reverte y que por suerte o por desgracia también me ha incrustado a mí (aunque en mi caso nunca haya puesto un pie en África).

En esta ocasión Javier Reverte une en “Colinas que arden, lagos de fuego” dos viajes al continente africano. El primero de ellos a Kenia para recorrer a pie varias zonas icónicas del país, entre ellas el Monte Kenia, para llegar hasta el Lago Turkana. El otro viaje tiene como escenario Tanzania y en él el principal objetivo de Reverte fue montar en el Liemba, el trasbordador que semanalmente recorre de punta a punta el Lago Tanganika, una de las últimas reminiscencias de la época dorada del África postcolonial. En ese segundo viaje también hay un aparte especial en el que Reverte se acerca hasta dos lugares muy especiales para todo enamorado del continente negro: el lugar donde David Livingstone, el gran descubridor de África, el gran misionero blanco, el mayor afectado por el mal de África, se encontró con Henry Stanley; y el sitio donde se dice que está enterrado su corazón. Lugares de leyenda.

Tengo que apuntar un dato relevante sobre “Colinas que arden, lagos de fuego” y es que probablemente vaya a ser el último libro de Javier Reverte sobre África. La pasada Feria del Libro de Madrid, donde compré este libro y Reverte me lo firmó, pude intercambiar con el autor varias palabras y tras decirle yo que cada vez que leo un libro suyo me entran más ganas de visitar África como él lo ha hecho, me dijo que me animara y no dejara de hacerlo ya que él no volvería ya al continente negro. Es por tanto relevante tener este dato en mente ya que hay ocasiones en las que la melancolía de Reverte al escribir traspasa las páginas y llega al lector, para conmoverle y hacerle echar de menos África aún sin haberla pisado nunca.

La literatura de viajes en España es un género casi residual a diferencia de en el Reino Unido y otros países en los que este género tiene un respeto enorme. Javier Reverte es sin lugar a dudas el mejor exponente de escritor de viajes que tenemos en España ya que no solo sabe narrar con maestría sus aventuras y anécdotas personales, sino que combina eso con historia y leyenda. En “Colinas que arden, lagos de fuego” no iba a ser menos y además de viajar prácticamente con él día a día por África, sufriendo hoteles de mala muerte, carreteras inmundas y polvorientas, y animales salvajes, nos va completando la historia del continente africano que en anteriores libros ya ha ido narrando. Realidad, historia y leyendas se mezclan en las páginas de esta obra en la que el lector es un miembro más de la expedición de Reverte por tierras africanas.

Lo bueno que tienen los libros de Reverte sobre África es que cada uno es diferente. El paisaje y los escenarios pueden ser parecidos pero como en ocasiones se dice en el libro, África nunca es la misma. En “Colinas que arden, lagos de fuego” el lector acostumbrado a Reverte haya ecos lejanos de otros de sus libros y descubre nuevos horizontes a los que, y es mi caso particular, uno quiere ir y dejarse llevar por la aventura, el caos y lo inesperado. Leer sobre África es siempre soñar, ya que África siempre ha estado en la imaginación colectiva: desde los documentales de La 2 de la hora de la siesta, hasta la película del Rey León, pasando obviamente por los zoos a los que de pequeños nos llevaban nuestros padres. África está en el ADN de nuestra memoria, solo hace falta que activemos la enzima necesaria que nos lleve hasta ese inabarcable continente.

No soy neutral con Javier Reverte, y menos aún con un libro suyo sobre África. Por ello me es muy complicado no amar “Colinas que arden, lagos de fuego” ya que en él he vuelto a sentir las mismas sensaciones que experimenté hace ya unos años cuando leí su primer libro sobre el continente africano. Haber vuelto a leer a Reverte narrar sus experiencias africanas, sus noches de incesantes ruidos salvajes, sus días de agobiante calor, sus tratos con gentes locales, sus trayectos en coches que se caen a pedazos, sus caminos de polvo, sus historias legendarias y el pasado histórico de un continente en el que surgió la vida en la Tierra hace muchos miles de años; como digo haber vuelto a tener estas sensaciones con la lectura de un libro es algo impagable. Por esta misma razón recomiendo, no ya este libro, sino cualquiera de Javier Reverte en el que el escritor madrileño narre alguno de sus viajes a África o a cualquier otra parte del mundo, porque con él se viaja, se aprende y se crece como lector y persona.

Caronte.