jueves, 7 de febrero de 2019

Lectura crítica: "Las ciegas hormigas"

Llevaba tiempo rondando la obra de Ramiro Pinilla. Justo desde que leí un artículo en prensa referente a su trilogía vasca, una de las obras más importantes del siglo XX en España y que tardó en escribir unas dos décadas. Y mirad que esa trilogía en formato bolsillo la encontré en mi librería de segunda mano de cabecera hace meses y no me decidí a comprarla por creer que no iba a estar preparado para leerla. La dejé pasar. Ya no están esos tres libros en la librería. Sin embargo, hace un par de semanas mirando por internet las novedades que habían entrado en esa librería di con este título. Sin pensarlo me fui por la tarde a comprarlo. En el fondo éste era el libro con el que quería acercarme a la obra de Pinilla, ya que fue una de sus primeras novelas, y por la que ganó dos de los principales premios literarios de este país (el Nadal y el de la Crítica), cuando los premios aún tenían prestigio, ganados con mucho merecimiento.

Las ciegas hormigas” es una novela en la que Pinilla plasma todo lo que es ser vasco. La novela gira en torno a un naufragio en los acantilados de la Galea en Algorta, justo en frente del puerto de Bilbao. Un buque mercante inglés, cargado de carbón, queda destripado en las rocas y vierte su contenido. En los años de posguerra españoles el carbón es un lujo, y en el norte con unos inviernos crudos y mortalmente fríos una necesitad también. Por esta razón la noche en la que el carguero encalla aparecen en la costa y arriba en los acantilados faroles mecidos por el viento y la lluvia, a merced de la tempestad. Faroles que implican personas, gentes de pueblo, humildes aldeanos que pretenden recoger todo el carbón que puedan.

Una de las familias que van hasta los acantilados es la protagonista de “Las ciegas hormigas”. Una familia que podría ser todas las familias humildes de posguerra española, pero con la peculiaridad de que es vasca, y las raíces de la identidad vasca quedan patentes en todos y cada uno de los miembros de esta familia. Sabas es el cabeza de familia, recio, frío, parco en palabras, resolutivo y contrario a todo tipo de asueto. Y es en torno a Sabas alrededor de quien gira toda la novela.

Las ciegas hormigas” es una novela en la que la trama por sí sola no es importante. Es un hecho sin más en el que se refleja una posguerra española muy dura. Pero sobre todo esta es una novela de personajes en la que el narrador es Ismael, el hijo predilecto de Sabas, que al principio de cada capítulo numerado con números romanos nos cuenta lo esencial de la historia. Pero Pinilla también incorpora la vos de todos los demás personajes y protagonistas de la novela haciéndoles hablar y narrar desde su mundo interior y su punto de vista todo lo que acontece en apenas cuatro días que es lo que dura el tiempo de la novela.

De esta manera no sólo Sabas es el omnipresente personaje de la novela, como padre, marido, cuñado, vecino o amigo. También son protagonistas de “Las ciegas hormigas” su mujer Josefa, resignada ama de casa y madre que no recuerda si quiera como llegó a ser a mujer de Sabas; su hijo Cosme, cuya recién adquirida escopeta guarda como oro en paño y se desvive por ella pese a que el naufragio y la posterior empresa del padre le hacen perder el día de estreno de la misma; su hijo Bruno, que se ha escapado del cuartel desertando; su hija Nerea, la pequeña de la casa y que solo tiene atención a tres gatitos huérfanos; la suegra, siempre tan religiosa y piadosa; y Pedro, su cuñado, quien por unas o por otras se desvive más que Sabas por la familia de este. Me faltaría nombrar a Fermín, el último de los hijos, cuya presencia, sobre todo corpórea, conforma también el otro punto de apoyo de la novela.

Todos esos personajes y alguno más hacen que “Las ciegas hormigas” sea un compendio de sabidurías. Todos de una manera u otra son seres individualistas que miran únicamente por sus intereses, a pesar de que son familia; pero al mismo tiempo todos, con sus individualidades, cuando la tormenta, la necesitad, el carbón o la noche se tragan a uno de ellos, pasan a ser un único ser, una única familia que tiene que tirar del carro al unísono. A fin de cuentas eso es la sociedad actual también, parece que en décadas no ha cambiado nada y seguimos siendo las mismas hormiguitas que intentan hacer individualmente su trabajo para formar parte de un todo.

A pesar de que considero que “Las ciegas hormigas” no es una novela sobre la posguerra o el franquismo, durante toda la historia están presentes los diferentes estratos sociales y de poder que siempre han existido en este país. Por un lado Sabas y su familia, que como todas las demás intentan sobrevivir al frío en este caso, y por otro la autoridad, encarnada por el Teniente García, encargado de rastrear todo el carbón robado para devolverlo como es su deber. La crudeza del poder contra el pueblo desarmado y miserable.

Las ciegas hormigas” también es una novela en la que el ambiente es muy importante. El lector podrá comprobar como Pinilla hace que la noche, la tormenta, la lluvia, el barro, el frío, el heno, la paja, el estiércol formen parte de la trama. Al final se puede decir que uno casi acaba empapado, calado hasta los huesos por la tormenta que en el fondo es la que desencadena toda la historia, toda la tragedia universal que se narra en estas páginas.

No puedo añadir más a una novela que va de menos a más. Porque es verdad que “Las ciegas hormigas” en sus primeras páginas se hace extraña, es como recelosa de que el lector se adentre en su historia. Pero solventadas esas primeras páginas, cuando uno sabe cómo acudir a la historia y mimetizarse con ella el libro pasa a ser una delicia para los amantes de la buena literatura, no ya por la trama o los personajes, sino también por como Ramiro Pinilla narra todo haciendo que el lector solo tenga que dejarse llevar por los personajes, queriéndolos y odiándolos. Una pena que este escritor vasco no sea más leído y conocido, porque creo que tendría que tener mejor lugar en la literatura española.

Caronte.

martes, 5 de febrero de 2019

Lectura crítica: "El túnel"


Solo me había acercado anteriormente una vez a la literatura argentina; fue con Borges cuando por primera vez tomé contacto con uno de los países sudamericanos con mayor tradición literaria. ¡Borges nada menos! Y encima sus cuentos, por los que es mundialmente conocido. Pero ya fuera porque no estaba preparado, o porque no me pilló en un buen momento, o porque era demasiado nivel para mí, pero quedé totalmente decepcionado con su obra breve. Por esa razón quizá dejé de lado un poco la literatura iberoamericana. Y por eso hacía ya un par de años que no leía nada de ningún escritor del otro lado del charco, cosa que considero muy grave en mi caso ya que siempre he dicho que la literatura en español no es únicamente la que se hace en España (de hecho ésta sería una mínima parte en todo caso). Por eso cuando el otro día en mi librería de segunda mano predilecta di con este clásico de las letras argentinas, que además cumplió el año pasado 70 años, no lo dudé y lo compré.

El túnel” fue y sigue siendo una novela turbadora por lo directa, intensa y sobrecogedora que es. Narrada en primera persona por su protagonista, Juan Pablo Castel, la trama gira en torno al asesinato por parte de este de María Iribarne, una mujer de la que Castel, tras verla fugazmente mirando fijamente uno de sus cuadros en una exposición, se enamora perdidamente hasta enloquecer y perder contacto y pie con la realidad. A pesar de que parece una historia de amor y pasiones humanas, es la narración de un crimen y todos los pasos que se dan hasta que ese crimen se acomete de manera irrefrenable.

Ya desde el comiendo, con la primera frase de “El túnel” el lector queda atrapado por la historia y por cómo esta, que empieza de manera ‘macabra’, pasa a continuación a volverse dulce, como una historia de amor repentino y no esperado más, hasta ir degenerando poco a poco en una historia de locura, desenfreno y búsqueda de una realidad que no existe aunque el protagonista intente racionalmente encontrar sentido a los actos y sensaciones irracionales que le sobrevienen tras ver a María Iribarne y quedarse prendado de ella.

Pero nada es tan simple como parece en “El túnel”. María Iribarne a pesar de que se deja acercar por Castel, está casada con Allende, un ciego, y no solo eso sino que también es amante de Hunter, primo de Allende. Parece el argumento perfecto para una telenovela de sobremesa con sus posibles tragedias intermedias. Pero en este libro solo hay una tragedia: la que Castel va recordando cada cierto tiempo en la narración diciendo que mató a María.

Pese a las múltiples interpretaciones que a lo largo de los años se ha hecho de “El túnel”, para mí esta novela no es ni una especia de thriller, ni una novela cuasi policiaca, ni mucho menos (a pesar de que es lo que más parecer ser) una novela de amor. Para mí este libro representa la soledad de la civilización actual y como esa soledad cuando se apodera de uno sin que se controle y se sepa aceptar como lo que es, puede convertirse en una obsesión y distorsionar la realidad objetiva que nos rodea.

No soy de los que buscan explicaciones metafísicas o filosóficas a las novelas, no soy capaz de ir más allá de lo que las palabras expresan y mis ojos leen. “El túnel”, como su nombre indica, es una travesía por el lado oscuro del ser humano, donde las pasiones ciegan al más racional de los hombres haciéndole estrechar su punto de vista hasta convertirlo en un túnel cuya única salida es la luz al otro extremo. Esa agonía, esa ansiedad por no estar solo de Castel es la que en su momento probablemente, hace 70 años, se interpretó de manera existencialista, pero que hoy en día yo entiendo como miedo a la realidad de una vida en la que cada vez con mayor frecuencia las personas estamos solas.

Tras la lectura de “El túnel” he quedado extasiado a pesar de su brevedad y su facilidad de lectura gracias al estilo sencillo, simple y directo de Sabato. Hay tanta intensidad en tan pocas páginas, pasan tantas cosas que hacen que la historia vaya por unos derroteros o por otros, que al final de cada sesión de lectura (viaje en metro) mi cerebro debía analizar un rato aquello que mis ojos le habían enviado. Estas son las novelas que me gustan, las que hacen trabajar bien al cerebro y no dejan al lector un segundo de respiro. Esto es literatura y así debería ser la literatura, el resto son libros.

Nadie puede negar que “El túnel” es un clásico de la literatura iberoamericana y no voy a ser yo quien lo recomiende o lo deje de recomendar. A mí personalmente me ha parecido una novela perfecta, concisa, completa, intensa y turbadora. El estilo es claro y directo. Los personajes principales están perfectamente definidos y en el caso del protagonista y narrador de la historia se ve claramente el avance por el túnel de la irrealidad y la soledad y su evolución a lo largo del mismo. También aviso a quien quiera leerla, y es que este es un libro muy intenso y que necesita de una concentración absoluta en su lectura para no perder un solo detalle de la misma, pero como dije antes: también es muy buena literatura.

Caronte.

viernes, 1 de febrero de 2019

Lectura crítica: "El último baile"


No hay duda alguna de que Mary Higgins Clark es una de las grandes damas de la novela de policiaca y suspense actuales. Tampoco hay duda alguna de que es una escritora prolífica donde las haya que ha sabido dar con la tecla de eso que se llama novela súper ventas y cada uno de sus títulos se convierten de manera inmediata en éxitos de ventas. Pero como ya he comentado alguna que otra vez ventas y calidad literaria no suelen ir ligadas; hay casos en que sí, que una novela realmente bien escrita, de alto nivel literario y narrativo, se convierte en un fenómeno popular de ventas. Pero como digo no es lo normal. No puedo juzgar la obra de Higgins Clark en su totalidad (son 57 novelas) pero sí puedo juzgar esta y es lo que voy a hacer teniendo en cuenta que nunca antes había leído a esta autora, veterana ya de la pluma y el papel, por lo que no puedo comparar esta última novela publicada en español con sus anteriores trabajos.

El último baile” es la última novela publicada en castellano de Mary Higgins Clark. La acción se sitúa en un barrio de clase acomodada y los protagonistas, como en un buen drama telenovelesco de después de comer, son muchos y variados. La acción se estructura alrededor del asesinato de una joven llamada Kerry, que aparece en el fondo de la piscina de su casa una mañana después de una fiesta adolescente. Se suman a este hecho un vecino con una minusvalía intelectual, un ex novio celoso, unos padres destrozados y una comunidad pequeña donde todos se conocen y los rumores se expanden como la pólvora. Pero no hay testigos fiables…

Voy a ser sincero desde el principio, “El último baile” es una novela simple y muy básica, destinada a un público determinado que busca una novela ligera, que no le complique la existencia (la lectura en un vagón de metro, en el salón de su casa un domingo gris y lluvioso, en la cama antes de dormir y dejar caer el libro sobre el regazo) y que no haga funcionar al cerebro demasiado. Para mi gusto es una novela floja, donde ni trama ni personajes me terminan por enganchar a pesar de que puede tener algún que otro brillo oculto.

Generalmente en este tipo de novelas se tira mucho de personajes típicos y de muchos tópicos. “El último baile” no va desencaminado en este sentido. Drama familiar por el asesinato de una joven de 18 años; padres destrozados; inocentes acusados; malentendidos; vecinas cotillas; un joven discapacitado que lo lía todo; amigos encubridores; familias llenas de odio; mucha religiosidad; alguien que no es quien aparenta; pistas falsas; abogados y jueces y policías… Pero de entre todos los personajes ni uno tiene una definición clara y profunda, ninguno evoluciona en toda la novela. Quizá solo salvo a la hermana de la fallecida, Aline, una joven de 28 años que vuelve a casa después de un drama personal y tras haber pasado 3 años trabajando fuera para encontrarse con su familia destrozada por la tragedia.

Con “El último baile” tengo la impresión de que la historia va narrada a trompicones. Su estructura de capítulos cortos no ayuda a que haya una narración continuada en la que la propia trama lleve al lector de un lado a otro. Es muy agobiante para mí, que estoy acostumbrado a narraciones bien hiladas, toparme con una novela como esta en la que la narración va a saltos, solapando dramas, historias familiares y puntos de vista. Lo que algunos pueden considerar un estilo rápido y voraginoso, para mí es un estilo simple, más que sencillo, que lo único bueno que tiene es que es de rápida lectura, pero poco más.

Tengo también la impresión que Mary Higgins Clark es considerada la reina del suspense y las novelas policiacas como lo es John Grisham el rey de la novela judicial. La cuestión es que Clark en “El último baile” usa una historia muy masticada ya para intentar sonar original, cosa que ya es muy complicado conseguir en este tipo de novelas. No critico que sea así, cada escritor tiene su público, pero creo que un libro es algo sagrado y cada historia debe intentar contar algo y significar algo, no solo servir de divertimento y pasatiempo. Y este libro es lo segundo dejando muy de lado lo primero. Con que solo los personajes y la trama hubieran tenido más profundidad todo hubiera sido muy diferente.

No obstante y pese a mi opinión personal sobre “El último baile” he de decir que tiene una virtud, y es que termina enganchando ligeramente, aunque solo sea por ver cómo termina todo y se cierran todos los flecos de la historia. Es una buena novela para pasar el rato, pero no para disfrutar leyendo porque no tiene ningún elemento de lo que para mí es la buena literatura. Esta es literatura de estación de tren de aeropuerto o de sala de espera en el hospital; pero nunca de salón calentito y disfrute casero.

Caronte.

martes, 29 de enero de 2019

Lectura crítica: "El Retrato de Dorian Gray"


Cuando compré este libro en Hatchard’s, una de las librerías más antiguas de Londres y desde que la conocí una de mis preferidas, lo hice básicamente por darme un capricho, ya que la edición que adquirí es una encuadernada en piel de Penguin con un diseño muy cuidado y elegante. No es que no tuviera ganas de leer este clásico, sino que simplemente no era una de mis mayores prioridades: por desconocimiento y temor a no ser capaz de leer un libro de finales del siglo XIX y de todo un nombre de la historia de la literatura como Oscar Wilde. Sin embargo, y quizá llevado por una fuerza superior a mí y que aún no sé explicar, la semana pasada me puse a leerlo. Una vez acabadas sus poco más de doscientas páginas he de decir que me siento más que orgulloso de haberlo hecho. Y feliz. Estoy feliz porque que quedado más que contento tras su lectura. Ha sido una grata sorpresa poder leer con facilidad esta novela en inglés y haberla disfrutado.

El Retrato de Dorian Gray” es una de esas novelas, por cierto la única de Oscar Wilde, que están dentro de lo que yo llamo la mitología de la literatura. Es un clásico perdurable en el tiempo que pasa de generación en generación lectora y que indiscutiblemente un buen lector debe leer en su vida. Puede sonar pretencioso, y en el fondo así quiero que suene; pero también es verdad. Hay libros que tienen fama debido a la crítica y al misticismo que los rodea, otros por su rimbombante estilo que roza lo absurdo y otros por nombre propio. En esta última clasificación metería yo esta novela.

No creo que sea necesario decir de qué va “El Retrato de Dorian Gray”, no creo que haya nadie, lector o no, que no sepa quién es Dorian Gray y cuál es su leyenda. Todos sabemos a la perfección el secreto pacto que hace que el protagonista de este libro nuca envejezca y siempre se muestre atractivo, guapo y sensual, para hombre y mujeres. La atracción por Dorian Gray es tan grande como la que este libro genera, ha generado y generará en generaciones de lectores por todo el mundo.

Es difícil reseñar un clásico del calibre de “El Retrato de Dorian Gray”. Me siento cohibido por lo que pueda escribir de esta novela. Y no es para menos. Desde las primeras páginas del libro quedé enganchado a la historia y también a cómo está escrita. Me esperaba una lectura con bastantes arcaísmos ingleses, derivados de los más de 100 años del libro, y sin embargo, lo que he encontrado ha sido una lectura más fluida que la que puedo tener de libros completamente contemporáneos. Y es que ahí radica el poder de este libro, en que tiene una vigencia total a día de hoy tanto en forma como en contenido.

Muy reseñables son los personajes de la novela. “El Retrato de Dorian Gray”, a diferencia de lo que podría pensarse, está articulada en torno a su protagonista pero con unos personajes secundarios que en muchas ocasiones le quitan el protagonista. Desde Basil Hallward, el pintor que realiza el retrato de Dorian por el que el protagonista pierde la cabeza y queda absolutamente turbado por su belleza, hasta Lord Henry, quien en principio es amigo del pintor pero que tras conocer a Gray se queda prendado por su personalidad y se convierte en su amigo. Son estas tres figuras, con algunas más que surgen de manera esporádica en la novela, las que dan juego al lector sobre todo con sus conversaciones. No ha habido aún ningún libro del que haya podido sacar tantas citas y frases como este, y todas salidas de la boca de Lord Henry, para mí el personaje más interesante de la novela.

Hay que señalar que “El Retrato de Dorian Gray” fue en su día una novela muy polémica tildada de inmoral y llena de halagos a vicios humanos y pecados religiosos. Vistas dichas críticas desde la distancia que da el tiempo, y la perspectiva que dicha distancia otorga, no puedo más que sentir un poco de sorpresa por aquellas críticas. Antes he dicho que a pesar de los 129 años transcurridos desde la publicación de esta novela por entregas en una revista, es totalmente actual y bien puede entenderse con las tendencias sociales del momento que vivimos. Pero también es una crítica descarada de la sociedad de la época, la sociedad victoriana de finales del XIX, en la que las apariencias primaban sobre cualquier otra realidad. Hay frases del libro que bien podrían aplicarse al día de hoy como por ejemplo “Vivimos en una época en la que las cosas innecesarias son nuestras únicas necesidades”.

Tras terminar “El Retrato de Dorian Gray” puedo decir orgulloso que es una de las novelas clásicas de la literatura que más me han gustado. He terminado su lectura sorprendido tanto por el estilo en el que está narrada como por la historia en sí: diálogos magníficos, reflexiones perennes, escenas oscuras y macabras… Por citar algo negativo solo un capítulo, probablemente de transición en el que se hace una muy amplia mención a diferentes formas de arte y cultura, que se me hizo muy pesado por la cantidad de información (innecesaria) que metía en la novela. Animo encarecidamente a todo lector que se precie a leer esta novela porque probablemente descubra una historia de esas que no se olvidan y de la que aprender con cada página.

Caronte.

jueves, 24 de enero de 2019

Lectura crítica: “Eva”


Lo he dicho ya alguna vez: no soy de sagas literarias (salvo la excepción de Harry Potter sin la cual no sería el lector que soy ahora). Hecha esta aclaración he de decir que cuando en un sorteo en Internet me tocó el primer libro de la que se ha convertido en una de las sagas revelación de los últimos años, “Falcó”, sentí curiosidad y algo de pereza por pensar que si la saga se alargaba mucho tendría que ir leyendo libros cada equis años para ir sabiendo de los personajes. Sin embargo, Pérez-Reverte, su autor, sabe manejar estos asuntos como buen profesional de la literatura que es y ha escrito lo que ha querido en tres volúmenes que ha publicado casi de manera sucesiva asombrando a propios y extraños. El libro que reseño hoy es el segundo ejemplar de esa trilogía y fue un regalo “sorpresa” de Reyes. Grata sorpresa tanto por el regalo en sí, como por la propia lectura, que como me pasó con el primero de los libros me ha encantado y me ha parecido increíble.

Eva” es la continuación inmediata de “Falcó” tanto en personajes como en trama. Si el primer ejemplar de esta trilogía se desarrolló en territorio Español, esta continuación se vuelve internacional y exótica, tirando de un escenario clásico de las novelas de espías como es Tánger. Los personajes son los mismos, Lorenzo Falcó, el Almirante, Paquito Araña y, cómo no, Eva quien da nombre a este segundo volumen de la saga y que los que leímos el primero pensábamos que estaba amortizado como personaje. Pero en alguien como Pérez-Reverte es mejor no dar nada por sentado.

En esta segunda entrega de la saga la trama gira en torno a un buque carguero republicano anclado en Tánger y cargado con unas cuantas toneladas de oro español. En “Eva” el Almirante, jefe de los servicios secretos ‘nacionales’ encarga Lorenzo Falcó ir a Tánger para recuperar, ese oro, el barco o conseguir que su capitán lo entregue. Los medios para conseguirlo son típicamente Falcó. No faltan traiciones, muertes, golpes, sexo, alcohol, cafiaspirinas y sobre todo ironía, mucha ironía.

Pero dejemos a un lado la trama de “Eva”, porque con esta segunda entrega Pérez-Reverte se ha revelado como un maestro de la novela negra o de espionaje (no sé muy bien cómo calificarla) y yo creo que sin quererlo, se ha situado a la altura de los grandes clásicos de este género. No exagero diciendo que es uno de los libros que más he disfrutado recientemente: la trama, los personajes, el escenario y la manera en que está escrita esta novela, hacen que todo forme una unidad compacta perfectamente engrasada que hace que el lector, en este caso yo mismo, no pueda dejar de leer y quiera continuar un poco más cada vez que coge el libro para saber qué pasa a continuación.

No es solo que “Eva” sea una novela de espías y aventura redonda, es que es perfecta en su concepción. A nadie se le escapa que Pérez-Reverte es un artesano de la novela y la escritura. Organiza, estructura y prepara sus libros al milímetro para que nada se le escape; todos los detalles, por muy nimios que parezcan ayudan a que el lector viaje al Tánger de los años 30 y se adentre en la trama de mano de Falcó y los demás personajes. Y son estos personajes, conocidos y nuevos, los que hacen de las obras de Pérez-Reverte obras literarias muy entretenidas.

Quiero hacer mención por encima de otras cuestiones a los personajes que aparecen en “Eva”. Pero no voy a hablar de Falcó (que sigue tan mujeriego, bribón y oscuro como siempre), el Almirante (cuyas conversaciones con Falcó son de las más divertidas que he leído) y Paquito Araña (un homosexual de armas tomar que se sale de cualquier típico tópico). Voy a hablar de para mí los personajes que dan a esta novela otro nivel. Por un lado están los capitanes del Mount Castle, capitán Quirós, y el destructor ‘nacional’, capitán Navia; ambos hombres fieles a sus oficios de marinos con una misión, lejos de ideologías y partes, cuyas conversaciones en la novela son de un honor y una rectitud infinitos. Por otro lado tengo que hablar de Moira Nikolaos un personaje femenino que no sé por qué me da a mí que viene inspirado por alguna periodista reportera de guerra de los tiempos de Bosnia de Reverte, cuya importancia en la novela es primordial, no solo para la trama sino para conocer un poco más a Falcó y su pasado. Y por último he de volver al personaje que da nombre a la novela, Eva, Eva Neretva, quien vuelve a ser fundamental en la trama para volver a poner a Falcó en un brete dejándole de nuevo bastante tocado.

Pérez-Reverte ha conseguido con “Eva” llevarme a una época en la que quizá nunca me hubiera visto viviendo, pero que tras esta entrega de la trilogía de Lorenzo Falcó (aunque según el propio autor probablemente vuelva a haber alguna otra aventura más) me atrae más que nunca. La literatura está para eso: para transportarnos a épocas que no nos han tocado vivir y que solo podemos imaginar, y para conocer personajes y personalidades con las que nunca mezclaríamos nuestra vida. Fantasear a fin de cuentas puede ser el objetivo fundamental de la literatura, y cada vez tengo más claro que Pérez-Reverte es uno de esos grandes escritores que lo consiguen.

Eva” tiene absolutamente todos los ingredientes de la novela clásica de espía: calles empedradas, niebla, mujeres hermosas, hombres despiadados, celos, envidias, traiciones, destellos de puñales en la noche, gritos, sangre y muerte, alcohol, grandes conversaciones, humo de tabaco, sombreros y gabardinas… Lo digo sinceramente, esta novela ha colmado todas mis expectativas, me ha divertido, intrigado, animado a seguir leyendo y a viajar a Tánger y sobre todo me ha entretenido con una literatura de muy alta calidad no apta obviamente ni para lectores de folletines, ni para lectores de superventas de ochocientas páginas. En las páginas de “Eva” el lector encontrará al Arturo Pérez-Reverte más mordaz, irónico y feliz, ya que se nota que estos libros los ha escrito divirtiéndose con cada palabra plasmada en papel y eso es siempre de agradecer.

Caronte.

viernes, 18 de enero de 2019

Lectura crítica: “Que no muera la aspidistra”


Hace ya unos cuantos años leí la que por muchos es considerada una de las grandes novelas de la historia, “1984” de George Orwell. En aquel entonces, y quizá porque era aún un lector joven, aquel libro me pareció la mayor sobrevaloración de la historia de la literatura, un libro insulto, mal escrito para mi gusto (aunque quizá debería de decir que mal traducido al español), en el que no encontré nada de aquello que todo el mundo parecía encontrar en las páginas de esa distopía sobre un futuro/presente en el que la libertad no existe y el sentido crítico se ve castigado con la cárcel y el confinamiento. No me sorprendió nada, ni me conmovió, ni sentí que estaba ante una obra profética de hacia dónde se movería el mundo y la sociedad. Quedé muy decepcionado con la novela y con Orwell. Sin embargo, hace también un tiempo vi un título suyo que me llamó la atención, ya estos Reyes por error en un regalo tuve que cambiar un libro por otro, y aquí estoy haciendo la reseña de esta segunda oportunidad.

Que no muera la aspidistra” es una novela sobre un idealista, Gordon Comstock, que odio el capitalismo y el dinero y todo lo que emana de él. Es un ser que vive en el Londres prebélico de los años treinta donde tener 5 libras te convierte en un adinerado miembro de la clase media acomodada, en una habitación alquilada de mala muerte sin baño privado ni casi calefacción; que trabaja en una librería andrajosa; que tiene una novia, Rosemary, que no le deja porque le ama aunque Gordon nunca lo vea así; y que es incapaz de disfrutar de la vida porque es incapaz de darse cuenta de que el mundo es diferente a sus principios e ideales.

Como puede verse en el mini resumen que acabo de hacer de lo que es el núcleo de la novela, “Que no muera la aspidistra” es prácticamente un panfleto anticapitalista que bien podría encajar perfectamente en los idearios de algún que otro político y partido de izquierda utópica que más que luchar por el bien de los más desfavorecidos, de los que siempre están abajo en la pirámide social, terminan por arruinarles la vida eternizando sus condiciones debido a las luchas de matices ideológicos que cada cierto tiempo achacan a sus fantasiosos ideales. Por eso de nuevo Orwell y una de sus novelas me han decepcionado amargamente.

Para mí no tiene interés alguno que durante las trescientas páginas de “Que no muera la aspidistra” se plantee la vida de su protagonista como miserable y acuciante por el tema del dinero y su evolución hacia convertirse en un ser amargado que solo acepta el dinero y el capitalismo cuando, según él, su novia está a punto de hacer una burrada inhumana. Me parece un planteamiento hipócrita por parte de Orwell, y ante todo me parece tedioso estar constantemente leyendo un libro que tacha la realidad del mundo como algo por lo que los que tenemos una conciencia de izquierdas o socialista deberíamos estar purgando constantemente nuestros pecados. Es agotador Orwell creyéndose por encima de todos.

Supongo que en su momento “Que no muera la aspidistra” fue una novela decidida a poner en cuestión los principios del capitalismo y la sociedad centrada en el dinero y cómo este valor ficticio impreso en billetes o acuñado en piezas de metal a las que llamamos monedas, rige nuestra vida en todos sus aspectos. Sin embargo, tras su lectura para mí esta novela no es más que una farsa, una parodia cruel de los anticapitalistas y su ideología desfasada, absurda y dañina. No hay mayor paradoja que esta y quizá pensar esto es lo que más ánimos me da después de haber leído este libro, que considero una pérdida de tiempo.

Probablemente los más puritanos, esos críticos de pacotilla que se creen intelectuales por admirar novelas como esta dirán que “Que no muera la aspidistra” es una fábula absorbente sobre la decadencia de un sistema que arruina el intelecto y destruye las aspiraciones humanísticas que debería tener la sociedad. Para mí este libro perfectamente podría haber sido obviado y me demuestra una vez más que muchas veces un título sugerente y sugestivo, porque siendo sincero esta novela lo tiene, no esconde una novela igualmente calificable. Pero bueno, algo decente habrá que decir y eso bueno es quizá el Londres que describe, ese Londres arisco y árido, difícil de vivir para quien no tiene recursos suficientes, como era la mayoría en la época de la novela y como sigue siendo a día de hoy donde la clase media, si es que existe debe emplear muchos recursos para incluso trabajar.

No voy a decir más sobre “Que no muera la aspidistra” porque no tengo más que añadir. Solo puntualizar que no va a haber más oportunidades para Orwell. Me ha decepcionado dos veces con dos novelas de cortes parecidos, pero muy distintas. Aquí se acaba mi andadura por la obra de quien algunos consideran un gran novelista y una de las voces más importantes de la literatura inglesa de la primera mitad del siglo XX. Yo, por suerte o por desgracia, no he podido con él.

Caronte.

lunes, 14 de enero de 2019

Lectura crítica: “The Shanghai factor”


La novela que reseño hoy no está publicada en castellano que yo sepa. Di con ella gracias a un artículo de El País en el que se hablaba de autores de novelas de espionaje y thrillers políticos. Me sorprendió dar con el nombre de Charles McCarry y ver hasta qué punto este escritor americano es a los EE.UU. como Le Carré para el Reino Unido, salvando las enormes y abismales distancias que creo que existen entre ambos escritores pese a sus más que notables paralelismos literarios y también personales. Escogí además esta novela porque es de las pocas que no tienen como protagonista al personaje principal, y quizá alter ego literario de McCarry. Este tipo de sagas literarias en las que un escritor encuentra filón me dan mucha pereza de por sí ya que es como si me “obligaran” a leer más de ellas (no meto como saga literaria las novelas de Le Carré protagonizadas por Smiley ya que nada tienen que ver con ello). Intentaré evitar las comparaciones con Le Carré en esta crítica, pero son casi inevitables para desgracia de McCarry.

The Shanghai factor” es una novela de espías del siglo XXI. Su acción se desarrolla entre China y EE.UU., entre Shanghai, Washington y Nueva York. A nadie se le escapa que estas tres localizaciones son a día de hoy los mayores centros de poder del mundo, donde se toman decisiones que nos afectan a todos, y generalmente sin que nos demos cuenta, a espaldas de todo y de todos, incluidos también gobiernos y gobernantes. Los servicios secretos de los países lejos de buscar lo mejor para sus naciones buscan lo mejor para una serie de intereses y personajes abstractos que no tienen ni voz, ni presencia física, ni rostro, pero que manejan absolutamente todo a escala global.

La novela está dividida en 4 partes y aunque por el título el lector podría pensar que “The Shanghai factor” se desarrolla primordialmente en China, con todo lo exótico que eso puede tener para un lector occidental, no es así. Son escenarios americanos los que mayor protagonismo tienen en la novela, aunque los personajes chinos, con sus nombres muchas veces confundibles por su similitud, tienen una presencia constante tanto en Shanghai como en Nueva York. El punto inicial es un encuentro “¿casual?” entre el protagonista de la historia y una joven muchacha china llamada Mei. A partir de entonces los acontecimientos se van enlazando de manera bastante inverosímil a veces desde mi punto de vista.

Pese a que “The Shanghai factor” tiene sobre el papel todos los elementos que una buena novela de espías debe tener, probablemente si no fuera yo un lector que tiene a Greene y Le Carré como dos maestros indiscutibles de este género hubiera terminado esta novela encantado. Pero no ha sido así. Constantemente he ido buscando y esperando encontrar sensaciones, imágenes, emociones que suelo encontrar en las páginas de las novelas de los dos ingleses que acabo de nombrar. No las he encontrado en ningún lado.

Puede que suene bastante subjetivo y en cierto modo sugestionado por lecturas anteriores, pero McCarry y “The Shanghai factor” me han resultado una decepción total y absoluta. Para mi gusto la novela tira mucho de dobles sentidos, de falsas apariencias, de clichés muy usados ya y muy vistos. El ritmo de la novela tampoco me termina de gustar, va todo muy a trompicones, muy a salto de mata, muy previsible a veces. Los personajes salvo el protagonista y narrador de la historia, son bastante planos para mi gusto, y en general en cierto sentido hasta absurdos forrados de nuevo de prototipos largamente usados en las novelas de espías que ya no sorprenden a nadie. Puede que suene duro, pero es la realidad, tengo la impresión de que McCarry siempre ha vivido a la sombra literaria de Le Carré. Esta novela parece más un intento de querer decir que él es buen escritor, capaz de generar historias originales que toquen al lector y le hagan ver los hilos ocultos que mueven el mundo.

Como no me gusta hacer leña del árbol caído y creo que es más útil hacer una crítica de un libro que haya gustado que de uno que no, no voy a añadir más sobre “The Shanghai factor”. Creo que ha quedado claro que he quedado decepcionado con esta novela, que no me ha emocionado, ni hecho pensar, ni removido por dentro. No creo que vuelva a dar una oportunidad a Charles McCarry, prefiero quedarme con quien para mí es indiscutiblemente el mejor escritor de novelas de espías de la historia (aunque añadiría que es el mejor escritor vivo en lengua inglesa) como es John Le Carré. O dicho de manera más cruda, prefiero el original a la copia americana, siempre tan llena de prejuicios, envidiosa y carente de originalidad.

Caronte.