miércoles, 4 de junio de 2014

Lectura crítica: "Tombuctú"

Fue a partir de que ganara el Premio Príncipe de Asturias de las Letras de 2006 cuando me empecé a interesar por este magnífico escritor que es Paul Auster. Hasta entonces ni siquiera me sonaba su nombre, quizá porque hace ocho años yo todavía era un lector principiante que estaba más enredado en leer los libros que me mandaban en el colegio y posteriormente en el instituto, y grandes best-sellers como Harry Potter, cuyos libros deseaba que llegaran uno tras otro para poder devorarlos como un león que lleva sin comer una semana daría cuenta de una pobre cebra. Fue cuando las historias para adolescentes y jóvenes empezaron a no terminar de llenarme cuando me lancé en busca de nuevos autores y nuevas historias, historias sobre la vida, sobre los sentimientos de las personas, sobre el ser humano. Y ahí Auster empezó a jugar un papel importante, habiéndose convertido con el tiempo en uno de mis autores en lengua no española favoritos. Siempre que puedo intento leer algo de Auster, sin abusar de ello para no desgastar mi pasión por este escritor tan peculiar cuyas historias siempre me han llegado a lo más profundo, y me han hecho reflexionar sobre la propia condición humana.

La última novela que he leído de Auster es “Tombuctú”; aunque más que novela al uso estoy más por calificarla como un cuento para adultos, como una fábula increíblemente original sobre el amor y el cariño, contada y narrada desde el punto de vista de un protagonista muy peculiar, un perro. Y digo que más que una novela es una fábula básicamente por su corta extensión, apenas 200 páginas, que se leen, o al menos yo me leí, en dos tardes. Dos tardes en las que la historia de Míster Bones, que es como se llama nuestro amigo canino, me llegó al corazón y me hizo ver de otra manera la relación perro-hombre hasta tal punto que desde entonces cada vez que veo a un dueño con su mascota por la calle, no pienso que son eso mismo, un perro y su dueño, sino algo mucho más íntimo y profundo, veo a dos amigos, eso sí de razas distintas. A lo largo de la corta extensión de “Tombuctú” el lector, guiado por la magistral y sublime prosa a la que Auster nos tiene acostumbrado, irá descubriendo las intensas relaciones que Míster Bones irá estableciendo con los diferentes dueños que va teniendo y la opinión que tiene sobre los diferentes asuntos humanos de los que va siendo partícipe por sus diferentes amos.

En “Tombuctú” Paul Auster nos presenta a un perro nada usual, ya que Míster Bones es capaz de entender a las personas y de casi averiguar lo que están pensando en cada momento, lo que le permite actuar con ellas antes de que se le reclame. En el fondo este perro es vagabundo, no porque no tenga dueño, sino porque su primer dueño es un vagabundo que trota por el mundo sin casi rumbo fijo, pero este primer dueño que aparece en el libro está muy enfermo y el perro lo sabe, sabe que pronto su amo dejará este mundo para irse a otro lugar, cuyo nombre no voy a desvelar aquí. Una vez muere este dueño, Míster Bones se ve solo ante el mundo y debe aplicar cuanto ha aprendido de su primer dueño para intentar sobrevivir; empieza a vagar por Baltimore intentando encontrar a una persona que su dueño iba buscando pero lo que primero encuentra es al hambre. Míster Bones, sin el cuidado de su amo, no tiene nadie quien le dé de comer y cuando el hambre le ataca decide ponerse a cazar nada más y nada menos que palomas en un parque pero no lo consigue, no sabe cazar. Lo que sí encuentra en ese parque es a un nuevo y joven amo, un chaval chino que se lo lleva a su casa y lo esconde de sus padres en una caja de cartón en el jardín de su casa. Míster Bones en un primer momento no quiere irse con este chico cuando sabe que sus padres regentan un restaurante chino ya que su anterior dueño le había dicho que los chinos se comen a los perros, pero aún así y debido al hambre se va con este jovencito solitario como Míster Bones. Al final también tiene que echar a correr de este nuevo hogar, porque los padres del chino descubren al perro. En su larga carrera huyendo de según Míster Bones una muerte segura a manos de esos chinos que le echarían a los fogones para cocinarlo, llega a la que será su casi última morada, un chalet lujoso de una familia normal y ejemplar, o al menos a simple vista. Es con esta familia con la que Míster Bones encuentra de verdad el amor y el cariño, y sabe que es ser buena gente y el ser querido, sobre todo por la madre de esta familia que también está muy solo ya que su marido es piloto comercial y sus hijos (niño y niña) están la mayor parte del día en el colegio. Míster Bones sirve de compañía a su nueva dueña, y ésta a su vez dar todo el amor del mundo al perro. Pero todo tiene un final, y el de esta increíble y original fábula merece ser leído por cada lector que se anime a hacerlo.

Nunca pensé que una historia tan mágica y original, pudiera llegar tan hondo en mí, pero lo logró. “Tombuctú” ha sido una de las novelas más sorprendentes, originales y bonitas que me he leído este año, y de momento de todas las que he leído de Paul Auster es ésta la que más me ha emocionado, tanto que terminé cogiendo tanto carió a Míster Bones que sufría con sus desventuras y me alegraba con su dicha. Incluso me llegué a plantear durante su lectura comprarme un perro para que me hiciera compañía muchos días en los que uno se siente solo, y así poder tener a alguien con quien hablar y a quien contar mis inquietudes, problemas y secretos que no puedo contar a nadie más. Lo que sí ha conseguido “Tombuctú” es, como ya he dicho antes, hacerme cambiar mi visión de los perros y sus amos, y verles como compañeros de viaje, compañeros de vida, de aventuras y desventuras, como amigos. Esta originalísima obra de Auster merecería ser leída no solo por todo amante de la lectura, y quizá también de los animales, sino incluso por los jóvenes ya que es una fábula increíble que habla de la amistad y el amor. Gracias señor Auster por este cuento del siglo XXI, gracias por descubrirme a Míster Bones un perro mucho más humano que muchos humanos que merecería más ser llamados animales.


Caronte.

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